





Durante varios días, el sonido de tambores y cornetas, junto al olor a cera, determina horarios de sueño, transporte y comida. Quedadas familiares se programan en función de recorridos, y la paciencia se vuelve virtud pública. Tras cada procesión, bares y casas acogen tertulias que mezclan fe, historia y logística, mientras los niños guardan bolas de cera como tesoros que explican el año cuando termina el curso.
Las casetas, los volantes y los trajes cortos reorganizan armarios y presupuestos, mientras la ciudad reconfigura turnos, transporte y descanso. Se madruga para preparar tortillas, se reserva hielo, se coordinan cuadrillas y hasta los jefes preguntan por turnos preferidos. Aprender a bailar, cuidar los pies y beber agua entre brindis se convierte en sabiduría práctica que mejora la convivencia y la salud durante jornadas interminables.
All Rights Reserved.